Llegando a Delhi

Era 4 de enero de 1.995, tres años habían pasado de aquel amanecer del golpe. La arquitectura llenaba nuestros días y nuestras noches; Corbu, siempre presente, esta vez nos convocaba. La cita: Chandigarh, en Punjab, India, norte adentro, la ciudad importada, inconclusa y partida; esa otra modernidad. No nos fue posible llegar a India sin escalas en el camino.

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Llegamos a Frankfurt para seguir viaje al día siguiente. No quería ir a Frankfurt, la evitaba, pero el deseo de ir a India fue más fuerte. Frankfurt me convenció, estaba equivocada; ya en el aeropuerto tomamos el metro hasta el centro de la ciudad y aquello me impresionó: ¡qué bueno sería llegar a Maiquetía y tomar un tren hasta la plaza Bolívar! Ni pensarlo, ¿para qué? si tenemos unas autopistas buenísimas, modernísimas y sólidas, de concreto puro, la gasolina es casi regalada y es más chic andar en carro; tampoco nos visita tanta gente…

El vagón del metro para llegar al centro de Frankfurt tenía los asientos tapizados en tela. Con esa manía que tengo de tocarlo todo, no podía dejar de acariciarlos, eran de una tela suave, aterciopelada, alegre, de tonos azules y turquesas; estaba entera, impecable, limpia, cuidada. A nadie se le ocurriría dañar algo que sabe propio; soñé que algún día los asientos del metro en mi ciudad también fuesen de tela…

Caminamos sin parar, teníamos que recorrerlo todo en un día, teníamos que conocerlo todo; nos llegó la noche y aún faltaban calles por caminar; a pesar del frío, había mucha gente en la calle, gente paseando, gente trotando, gente cenando, gente bebiendo, gente conversando, gente mirando, gente y más gente, bullicio y vida; la vida continuaba en la noche, había luz, mucha luz; luces exteriores y luces interiores, luz pública y luz privada, todas sumando para alumbrar la vida en aquella ciudad que no quería conocer. No la olvidaré.

Aunque algo pudimos descansar, amanecimos; ahora sí: tras otras ocho horas en el aire, Delhi. Viajando a oriente oscurece más rápido, la noche se hizo pronto; recuerdo que en el avión había unos monitores en los que un mapa nos indicaba dónde estábamos, vimos cruzar fronteras y vimos ciudades, pueblos y aldeas, se distinguían por sus luces, vimos también costas y carreteras. El mapa de los monitores era idéntico al de los libros de geografía, todo a color; el mapa en la ventanilla era distinto, sólo blancos y negros, sólo tonos; algo no coincidía.

Ir a India me producía una ansiedad inexplicable, no pude pegar los ojos ni un instante; veía el mapa y volvía a la ventanilla. Por el mapa vi que estábamos sobre esa tierra a la que tanto deseaba llegar; el mapa también daba la hora local; era ya otro día, pasamos la medianoche y estaba muy oscuro; la cantidad de lucecitas allá abajo era mucho menor, eran diferentes, dispersas, aisladas, todo estaba oscuro y solo. Pensé: estamos sobre tierra, esto no es mar. Asia no se parecía a Europa, no se distinguía, todo estaba oscuro. De repente mi estómago me dijo que habíamos comenzado a bajar ¡Sí! Así parece; bajábamos suavemente, casi imperceptiblemente, pero estaba segura, estábamos bajando; lento, muy lento, poco a poco, afuera seguía oscuro, muy oscuro, apenas una luz amarillenta de vez en cuando, sola, nada se veía, todo negro; bajábamos y bajábamos. Por mucho tiempo estuvimos bajando. Pensé que así debe ser la noche sobre La Pampa argentina: vasta, quieta, oscura; seguimos bajando y aún nada se veía, ya no hay luces dispersas. Comencé a inquietarme, todo era muy raro, desconocido, era como ir a ciegas, a tientas, con los ojos vendados; suspendidos. Habíamos bajado demasiado y aún sin ver nada, sin despegarme de la ventanilla esperando encontrar una luz, una mínima luz, una diminuta luz que me permitiera calcular a qué distancia estábamos del suelo, una luz que nos acompañara, una luz que nos guiara; según mis cálculos deberíamos estar rozando las copas de los árboles, mi estómago reclamaba, se retorcía, tiritaba. Escuchamos la voz de abrocharse los cinturones para el aterrizaje; pero ¿dónde? no veo nada, no hay luces ahí afuera, estamos en medio de la nada…

En 1991 vino la quiebra del Estado indio; en enero de 1995, ésta fue la India que nos encontramos, detenida, fracturada, rota, pobre y oscura, muy oscura. En ese extraño aterrizaje, con el estómago hecho un nudo, comprendí que ese mapa en blanco y negro que se dibujaba en la ventanilla y que se desdibujaba a medida que nos acercábamos a tierra era el mapa de un estrepitoso fracaso, el mapa de un país parado en seco; el mapa de la soledad y de una sociedad que estaba pasando hambre y frío, de un país a oscuras, una nación sin luz y sin vida.0309afpsinluz998-2

El 3 de septiembre de 2.013 fue un día triste en mi ciudad; a la 1:30 de la tarde todo se apagó de golpe y aunque el sol atenuaba la oscuridad nadie comprendía, nadie sabía. Todos deambulaban, solos, apagados, mudos, asustados, rehuyéndote a tí Caracas; a tí porque esta vez, con el mismo vértigo de aquella madrugada, te sentimos llegando a Delhi…0309efesinluz998

Estuvimos 21 días recorriendo India; aunque estaba comenzando a salirde su más difícil crisis económica, es un país extraordinario, de una belleza única que transmite una energía muy especial; en esta entrada realmente nada te he contado de él, te prometo que vendrán muchas historias, porque ciertamente es imposible visitarlo y salir ileso.

Hasta la próxima.

La foto superior (Sin Luz) es de la agencia AFP; la inferior (Venezuela)es de la agencia EFE.
Para saber más de este día oscuro en Caracas, te dejo unos enlaces: Registro Fotográfico del apagón  Cómo lo vivió la gente  Pre-mundial apagado
 

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