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La Edad del Eufemismo

Artículo del periodista Arsenio Escolar publicado en ¡Que paren las máquinas!.

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“La poesía es un arma cargada de futuro” proclamaba Gabriel Celaya hace ya más de medio siglo. ¡Y la prosa también, en manos de los políticos! El lenguaje se está convirtiendo en su arma política fundamental. Y no para el futuro: ahora, en el presente. Los políticos, especialmente desde el comienzo de la crisis económica, ya no compiten ante los ciudadanos que los votan con las ideas o las iniciativas. Lo hacen con el lenguaje.  A nada dedican tanto tiempo y cuidado como a la gestión de sus palabras y de sus silencios, de sus negaciones y de sus afirmaciones, de sus ingeniosidades y de sus lugares comunes. Y entre todas las técnicas que usan, ninguna es tan frecuente en su boca como el eufemismo.

Es una técnica trasversal, todos la utilizan y perfeccionan. Derechas e izquierdas, tirios y troyanos, capuletos y montescos. También todos los poderes: el Ejecutivo, el Legislativo, el Judicial. Tras la Galaxia Gutenberg y la Galaxia Marconi, nos llevan a la Galaxia Eufemia. Superada la Edad Contemporánea, nos meten en la Edad del Eufemismo.

En el español, como en otros muchos idiomas, el eufemismo ha sido uno de los grandes motores de la evolución de la lengua. En lingüística digamos clásica, el eufemismo sustituye un término léxico por otro porque aquel ha caído en desprestigio social, o es malsonante, o rompe un tabú.

Los eufemismos se convertían así en el fusible que saltaba en el idioma cuando se hablaba de materias morales, o religiosas, o sociales; o de sexo, o de los excrementos, o de la muerte.

Ahora, el eufemismo está conquistando un nuevo territorio, ingente, pues el poder lo usa como una técnica de ocultación de la verdad, de opacidad, de manipulación. Con los nuevos eufemismos que llamaríamos políticos -puesto que se refieren a cuestiones del ámbito público–, se fuerza el idioma, casi se viola, para engañar a los ciudadanos. Solo un ejemplo: llamando “reformas” a los “recortes”, el poder consigue cambiarnos el terreno de juego. Nos saca de un campo semántico en el que están vocablos como “tijeras”, “bisturí”, “amputar” o “mutilar”, que duelen solo de pensarlos, y nos lleva a otro campo semántico más luminoso y positivo, en el que hay términos como “renovación”, “progreso”, “innovar” o “perfeccionar”. 

Hace ya años, Fernando Lázaro Carreter decía que la perversión del lenguaje “es uno de los mayores peligros a los que se enfrenta la democracia”. Hemos pasado de aquella reflexión teórica a toda una eclosión de casos prácticos.

El poder político es el máximo responsable de esta perversión sistemática del idioma, de este fraude, pero los medios de comunicación y los periodistas también tenemos nuestra parte de culpa. Somos cooperadores necesarios. Sin nuestra pasividad cómplice, la trampa no se cerraría sobre los ciudadanos.

Empañado

El lenguaje es un arma cargada, sí. Cuando se dispara en el ámbito público, en los medios de comunicación, sus efectos son demoledores. Causa graves daños directos a la verdad y gravísimos daños colaterales a la democracia.

La dirección de la publicación original es:

http://blogs.20minutos.es/arsenioescolar/2013/11/27/la-edad-del-eufemismo/ y para despedirme te dejo con la última estrofa del referido poema de Gabriel Celaya.

Son palabras que todos repetimos sintiendo
como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado.
Son lo más necesario: lo que no tiene nombre.
Son gritos en el cielo, y en la tierra son actos.